Marcela Trujillo: “Lo que me motivó a hacer cómics fue la interacción que se genera con las personas”

Texto: Carlos Andueza Fotografías: Camilo Mendoza

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Para poder acceder al taller de la artista chilena Marcela Trujillo primero hay que entrar a una tienda de electrónica. Una vez adentro, se debe doblar hacia la derecha y abrir una puerta de madera que conduce a una estrecha escalera de caracol. El ascenso deja atrás el ambiente masculino del negocio y da lugar a un encantador mundo femenino, de espacios amplios y colores fuertes.

Marcela se abre camino por entre cuadros gigantescos protagonizados por personajes extraños, y recibe a Mesa Gráfica vistiendo un overol, a pesar de las altas temperaturas de ese día de enero en el que se realizó esta entrevista. En ese momento, la pintora/comiquera estaba comenzando a trabajar en su exposición “Mineros sensibles“, una serie de acrílicos que actualmente se exhiben en la Sala de Arte de la Fundación Minera Escondida (Antofagasta).

Trujillo, una de las pioneras del cómic autobiográfico en Chile, se mueve a voluntad entre el mundo de las viñetas y el de la pintura. Se enamoró del noveno arte por la reacción que provocaban sus historias, pero confiesa que ahora tiene al cómic “castigado” por una gran decepción que sufrió el año pasado con una editorial nacional. Siempre honesta y risueña, la artista habla de sus años de formación, del porqué no soporta trabajar como ilustradora y de las relaciones de amistad que termina entablando con los alumnos de su taller.

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Parte de tu formación como artista ocurrió en el extranjero. Cuéntame un poco de esa mezcla entre tus estudios en Chile y Estados Unidos.

Marcela: En estricto rigor, mi formación académica la hice acá. Estudié Licenciatura en Artes Plásticas en la Universidad de Chile. Estuve un año en el magíster y me salí; me aburrió, era muy fome. Era muy teórico y yo quería pintar, construir mi trabajo a partir de la obra. Pero en el magíster la obra no era importante, lo importante era el tollo. Fue bueno de todas maneras porque tuve hartos ramos entretenidos que me llenaron la cabeza de ideas. Pero entre medio del magíster fui a Nueva York por mes y medio, y rayé la papa. Viajé a finales del 94 y todo allí era alucinante. Cuando volví a Chile lo único que quería era volverme a Nueva York. El magíster en esa época estaba muy mal organizado, de repente no teníamos salas para las clases, así que decidí salirme. Me costó mucho, porque no me gusta dejar las cosas inconclusas, pero me sentía súper abrumada por el rollo teórico. No era lo mío. No quería leer tanta huevada.

¿Sentías coartado tu lado creativo?

Marcela: ¡Sí! ¡Lo que yo realmente quería hacer era pintar! Así que me salí y me puse a hacerlo. Rodrigo Castillo, que era curador del Museo de Bellas Artes, me invitó a exponer en Temuco, así que empecé a pintar como loca.

Empezaste a exponer muy joven, entonces…

Marcela: Pero yo ya había expuesto antes. Fui muy prematura en ese sentido. Empecé cuando estaba en tercer año de universidad. En cuarto año también expuse con personas mayores que yo y todos hombres. Siempre fui yo y un grupo de hombres; había muy pocas mujeres exponiendo y las personas de mi generación empezaron a exhibir sus trabajos mucho después.

¿Y cómo fue tu relación con tus profesores durante esa época?

Marcela: Mis profesores fueron (Eugenio) Dittborn, (Gonzalo) Díaz y todos los papitos de esa época, los máximos, pero yo sentía que ellos veían a sus alumnos como competencia. Eran súper machistas y se burlaban harto también. No eran apoyadores. Siempre sentía que nos estaban cagando, tirando para abajo, y nosotros ya éramos adultos. Me acuerdo que una vez (Justo Pastor) Mellado me dijo unas pesadeces en frente de toda la clase. Y me cargó. A mí me gusta reírme de los demás, pero que se rían de mí en mi cara… ¡ni cagando! (risas). Me pasaron un par de cosas más y decidí salirme del magíster. ¿Me iba a quedar a sobarle el lomo a esos tipos que no estaba ni ahí nosotros? No.

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Y luego de eso te fuiste a Nueva York de nuevo, ¿no?

Sí, me propuse hacerlo. Hablé con mi papá, que era el que se ponía con la plata y le dije que quería volver a Nueva York, esta vez a pintar y vender mis pinturas. Él me dijo que sólo yo podía tomar la decisión. Vendí los cuadros de la exposición de Temuco y también un auto que tenía en ese tiempo. Me hice un chanchito y me fui a Nueva York. Pero llegué allá ¡y se me fue toda la plata! Era muy caro y yo era chica, lo quería pasar bien, comprarme ropa y esas cosas. Así que busqué trabajo como niñera y me quedé haciendo esa pega por siete años. El primer año que llegué allá me puse a estudiar inglés y al siguiente entré a estudiar a la escuela The Art Students League of New York. Y ahí caí parada, me encantó.

¿Cuánto tiempo estuviste en The Art Students League?

Marcela: Estuve cuatro años ahí. Y cuando terminé tomé unos cursos en el SVA, School of Visual Arts. Estudié unos cursos de computer graphics, como Flash, Photoshop y esas cosas, porque pensé que podría trabajar en eso. Todos se estaban metiendo en esos temas y yo quería cachar lo de las animaciones, así que entré al curso Animatics and Storyboard. Y resultó que me encantó la animación, pero todo lo que era digital graphics lo encontré súper difícil y nunca entendí ni una huevada (risas). Fue terrible. Esa rutina de estar todo el día frente al computador no era para mí.

Y por eso ahora no trabajas en digital…

Marcela: Lo intenté. El papá de Amanda, la niña de la que era niñera en Nueva York, es diseñador gráfico y me preguntó si, después de que terminara de cuidar a su hija, estaría interesada en trabajar en su oficina. Por eso entré a esos cursos. Pero no pude trabajar con él porque me fue pésimo. No me gustó el medio y no me imaginaba haciendo eso por el resto de mi vida. Además me dio tendinitis, así que todo mal. Lo único bueno fue el curso de animatics, porque aprendí a hacer storyboards y animaciones. Eso me encantó porque había que dibujar. En esa época todavía se le sacaban fotos a los dibujos. Había como un sólo scanner en toda la universidad, porque parece que los habían inventado el año anterior (risas). Ahora ese proceso está muy pasado de moda. Pero bueno, en ese momento, cuando me puse a hacer esos dibujos, empecé a hacer cómics.

En un reportaje del suplemento Vida Actual del diario El Mercurio afirmaste que en Nueva York habías visto el trabajo de otras artistas que contaban sus vivencias a través del cómic. ¿Recuerdas los nombres de esas mujeres?

Marcela: Julie Doucet, Aline Kominsky-Crumb, Phoebe Gloeckner y… ¿cómo se llamaba la otra?… Jessica Abel. Eran cuatro minas. La primera vez que fui a Nueva York, un amigo me dijo que fuera a una librería de cómics que se llamaba Forbidden Planet, que era la más taquilla de la ciudad. Ahora hay otras, pero esa es la más antigua y está justo en la parte más neurálgica de Nueva York, en Broadway con la Avenida 14. Forbidden Planet era la raja porque estaba llena de cómics que yo nunca había visto en mi vida. Los que había visto eran los de Robert Crumb, Moebius, Jodorowsky, y cómics españoles underground y argentinos, que conocía por la revista El Trauco. Pero no había visto los cómics norteamericanos independientes. Me compré “Twisted sisters”, que tocaba temas dramáticos, como traumas infantiles o abuso sexual, cosas que nunca había visto en un cómic. Eso me encantó. Yo creía que el cómic era para huevear, para criticar el sistema y reírse de todo, como el cómic underground. O para entretener simplemente, como el cómic de superhéroes. Pero no había visto cómics que fueran reflexivos acerca de los problemas cotidianos de la mujer. Esa fue la primera vez que los vi y se convirtieron en mi placer culpable. En ese momento yo no pensaba que iba a dibujar cómics más adelante, sino que sólo me interesaban. Encontraba genial que las mujeres tuvieran sus propios cómics, con sus propias temáticas y que fueran tan distintos a los cómics de los hombres.

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Entonces, ¿cuándo consideraste dibujar cómics?

Marcela: Después de terminar la escuela de artes, en la que no podía estar más de cuatro años, saqué una visa de artista y empecé a pintar y a exponer. Pero el rollo de las galerías no me resultó mucho porque no me movía en ese ambiente. En ese momento me di cuenta que quería dibujar cómics. Mis pinturas se vendían y yo nunca más veía a las personas que me las compraban, porque no tenían nada que ver conmigo. En cambio, cuando fotocopiaba mis cómics y se los entregaba a mis amigos, ellos me los comentaban y me pedían más. Esa interacción que se genera con las personas fue lo que me motivó a hacer cómics. Tengo muy poca tolerancia al rechazo; si algo no me resulta, no lo sigo haciendo, hago otra cosa. No insisto. Si no me gustó el pololo, chao no más (risas). No me quedo pegada en nada. Entonces, como sentía que tenía más posibilidades con el cómic que con la pintura, me quedé con el cómic. Más adelante, cuando empecé a publicarlos en el The Clinic, me llegaban mails a Estados Unidos con las reacciones de la gente. Yo nunca había tenido esa experiencia, porque la carrera del artista es muy solitaria. Entonces me aluciné con el rollo de que la gente se podía conectar conmigo… que es una huevada al final (risas), porque dura un rato no más. Pero en ese momento yo lo encontraba bacán. Y ahí comencé a pensar en volver a Chile.

Y ahora estás dedicada a hacer clases…

Marcela: Sí, estoy haciendo clases particulares en mi taller y en la universidad. Pero ya es el fin, no quiero seguir haciendo clases en universidades. Tengo un curso este año, en la Diego Portales, pero es de un sólo semestre y es el último. No quiero más.

¿Por qué no?

Marcela: Porque es un trabajo muy demandante en términos psicológicos. Es una responsabilidad muy grande estar a cargo de tantas personas. En el último curso que tomé en la Universidad de Chile había sesenta alumnos, por ejemplo. Además, siempre me tocó hacerle clases a cursos de primer año, en los que son todos pollitos que vienen recién saliendo del colegio con pésimos hábitos de estudio. Muchos no hacen caso ni valoran nada de lo que uno les da. Existe un grave problema también y es que hay un porcentaje bien grande de alumnos, en general mujeres, que están con depresión. Si uno pregunta, la mitad del curso toma pastillas. Es un problema nuevo y es fome porque esos alumnos andan dopados, no responden y nada los motiva tampoco. Son flojos y cómodos. Es un grupo muy pequeño el que valora lo que uno hace. Pero el gran problema de hacer clases en universidades es que pagan pésimo… si es que pagan. No contratan tampoco. Yo estoy muy desprotegida: no tengo previsión; no puedo tomar vacaciones porque no me las pagan; llega el verano y no hay plata. Entonces, es un sacrificio que uno se pregunta para qué se hace. Yo lo hacía porque necesitaba trabajar y porque sentía que era mi deber enseñarle a los más jóvenes. Pasar la antorcha. Creía que era súper bueno poder entregar todo lo que yo sabía a estas nuevas generaciones. Pero siempre sentí que no estaban interesados, y ese rechazo me angustiaba.

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Pero me imagino que los alumnos de tu taller tienen una disposición distinta…

Marcela: ¡Claro! Mi hermana mayor, que es educadora de párvulos, tiene un taller de mosaico y empezó a contarme lo entretenido que es hacer clases particulares. Me decía que sus alumnos eran personas de su edad que querían aprender y que todos terminaban conversando. Pero yo lo veía como clases para viejas aburridas (risas). Siempre miré los talleres un poco en menos, pensando que hacer clases en universidades era mucho mejor, más choro, prestigioso y súper top. O sea, podía decir: “yo soy académica”. Hasta que mi hermana me propuso enseñar en un taller que ella había arrendado en plaza Ñuñoa… ¡y fue la raja! Tuve muchos alumnos y todos ellos son mis amigos ahora. Tengo ese rollo con mis alumnos de taller: veo cuáles son sus progresos, me interesa lo que hacen y a ellos les interesa lo que yo les enseño. Y se juntan distintos tipos de personas: amateurs que nunca han hecho muchas cosas relacionadas al arte; alumnos que sí están relacionados con ese ambiente, y otros que trabajan en cosas nada que ver, como nutricionistas, abogados o banqueros, pero que siempre les ha gustado dibujar y tienen esa veta reprimida. Estos últimos se repiten siempre y son los más agradecidos porque, en el fondo, vienen al taller a ser felices. Vienen porque necesitan hacerlo. Y siempre, entre todos, se da un feedback muy rico, que termina en posteriores relaciones de amistad.

¿Qué opinas del estado actual de la ilustración y la narrativa gráfica en Chile?

Marcela: Yo he hecho clases en escuelas de diseño y de arte, y hay muchos estudiantes de diseño que entraron a esa carrera porque sus papás no los dejaron entrar a arte. Es típico, se da mucho. Son personas que están enamoradas de dibujar, que les interesa ese tema, entonces hay muchos diseñadores que terminan siendo ilustradores. Muchos artistas también lo terminan siendo. La ilustración es un campo antiguo que se ha revitalizado por Internet. Cuando se dio el boom por el 3D, que también es antiguo, se quiso hacer todo en digital, tanto las películas como las animaciones. Pero después los realizadores sintieron la necesidad de volver a hacer las cosas a mano. Entonces, luego de Liniers hubo mucho ilustrador que se fue por una línea de dibujo más simple, no realista, más caricaturesca. Pero yo creo que es bastante natural que eso ocurra. Por ejemplo, hubo un tiempo en que la foto lo era todo, ya no había ilustraciones en ninguna parte. Hasta que los creativos se aburrieron de eso y empezaron a hacer ilustraciones digitales. Ahora volvieron a los trazos simples. Así que creo que son vueltas naturales, cíclicas. A lo mejor después vuelven los trazos más realistas, no sé. Son modas también. Yo creo que Liniers tiene harto que ver en eso, porque cuando aparece alguien que es tan exitoso en términos de ventas la gente lo empieza a copiar y su estilo se vuelve moda. Y cuando algo se hace moda, las personas que pagan por la publicidad, los que tienen la plata, buscan esa moda porque vende. No es que a ellos les guste ni la entiendan, sino que pagan por lo que a la gente le gusta consumir. Pero está bien, es como… natural.

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Y bajo esa misma realidad, ¿cómo ves a Chile en comparación a otros países?

Marcela: Mira, lo que pasa es que yo me considero bastante informada de la pintura contemporánea y del cómic, pero no de la ilustración. No frecuento ese ambiente. Lo encuentro lindo y todo, pero yo nunca quise trabajar en ilustración porque tenía que mediar con otras personas. Te piden algo y eso le tiene que gustar al cliente. Yo no puedo trabajar así. Tengo mentalidad de artista. Nadie me puede decir que le cambie algo a mi obra. Me cuesta mucho ponerme al servicio de una empresa o de un tipo que me diga lo que tengo que hacer. Las personas que hacen ilustración están acostumbradas a eso porque es parte de la pega. Las cinco veces que he trabajado como ilustradora he tenido muy malas experiencias, pero gracias a eso me he dado cuenta que el problema es mío y no me he metido más en el asunto. No me interesa. A lo mejor algún día me darán ganas de hacer un libro ilustrado, pero lo voy a hacer a mi manera, sin que nadie me diga lo que tengo que hacer. Eso es lo que hago con mis cómics. Mi trabajo es de autor y nadie se mete con mis huevadas.

Hablemos de cómics entonces… ¿Qué elementos buscas en un cómic?

Marcela: Los que más me gustan son los cómics autobiográficos. También me gusta el cómic periodístico o el de ciencia ficción. Pero en general me pierdo entre tanto referente y no tengo mucho tiempo para investigar. Cada vez que viajo, eso sí, aprovecho y trato de comprar hartos cómics.

Y además de la pintura y el cómic autobiográfico, ¿te gustaría experimentar en otras áreas?

Marcela: ¿Como ser bailarina de tap, dices tú? (risas).

No sé, en una de esas…

Marcela: Siempre he querido ser una bailarina de tap (risas)

En realidad me refiero a otras áreas dentro de la gráfica.

Marcela: Sí, a ver… me gusta mucho la animación. De hecho, he trabajado en dos animaciones con un equipo detrás. Me encantaría hacer animaciones como obra. Pequeñas, simples, pero sola. Encontré bacán hacer animaciones y quedaron preciosas las dos en las que trabajé, que son “Maliki versus Trukillo”  y “Planeta Melmaugen”. En la primera dibujé y animé y en la segunda trabajé como productora. Hay un video también de cómo se hizo “Planeta Melmaugen”. La historia es mía pero un equipo dirigido por Paul Badilla se encargó de todo. Es un trabajo enorme eso sí. Hay que trabajar en equipo y tener plata. Es un hueveo. Pero para el que dibuja es bacán ver a su mono en movimiento. Yo creo que todos los que dibujamos tenemos esa pequeña esperanza. Es como ver caminar a un hijo.

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En esta viñeta Marcela grafica la cara que pone al pintar.

¿Y piensas animar pronto?

Marcela: No, no puedo. Ahora estoy trabajando en una exposición que voy a presentar en Antofagasta, que se llama “Los mineros sensibles”. Y tengo un proyecto en pañales con dos fotógrafas acerca de la gordura. Queremos hacer una exposición con ese tema porque las tres hemos tenido problemas alimenticios, entonces estamos viendo que sale de eso. También, entre medio, tengo que terminar dos libros de cómics. Pero el tema de los cómics me cuesta “ene” porque no hay plata. Yo hago el cómic, me demoro, nadie me paga nada y después, cuando se vende el libro, se gana tan poco que parece chiste. O sea, después de seis meses se ganan cien lucas. Es muy poco motivador. Con las pinturas es distinto: me demoro, pero las vendo. Y se venden bien, significan plata en el banco. Entonces, la pintura es algo que me da seguridad, el cómic no.

¿Vas a continuar publicando viñetas en (el periódico mensual) El Desconcierto

Marcela: Sí, eso lo voy a seguir haciendo. Me gusta estar involucrada en proyectos periódicos porque soy buena para las rutinas. Me gusta tener deadlines porque si no, no hago nada.

Pero, ¿necesitas pintar y hacer cómics? Quiero decir, ¿el cuerpo te pide ambas cosas?

Marcela: Yo me veo a mí misma como pintora. Al cómic, ahora, lo tengo castigado. Porque, además de que con las editoriales no se gana tanto, el año pasado tuve un problema muy grande con Feroces Editores (editorial que publicó su libro “Las crónicas de Maliki 4 ojos”). ¡Y fue heavy! Nunca en mi vida me había pasado algo así. Entonces me decepcioné tanto que dije: “Filo con el cómic”. Agarré una maletita, puse todos mis dibujos ahí y la guardé con llave. Igual que como lo había hecho antes con las pinturas cuando me quise dedicar al cómic. Eso hago hasta que me vuelven las ganas de nuevo. Sigo leyendo cómics, sigo enseñando cómo hacer cómics en mi taller, pero ya no estoy haciendo. Ahora es pintura, pintura y pintura. Nada más. El cómic fue un medio ingrato para mí durante el año pasado y como justo me ofrecieron hacer una exposición, me fui por ese lado. Los proyectos de pintura siempre llegan a mí y mientras los tenga, los voy a hacer. Para que vuelva al cómic tiene que pasar un tiempo. Por ahora tengo otras cosas que hacer y las quiero realizar de la mejor manera posible.

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20 pensamientos en “Marcela Trujillo: “Lo que me motivó a hacer cómics fue la interacción que se genera con las personas”

  1. Debo admitir que CASI vendo mi copia de Maliki 4 ojos, porque a pesar de que la encontraba muy buena como que fue volviendose un anecdotario cotidiano muy poco entretenido peeero al verlo de nuevo me volvi a encantar con el comic, es como cuando un amigo te cuenta la misma historia muchas veces y aun asi no pierde la gracia.

    Lo unico malo parece es que muy poca plata de mi compra se fue al bolsillo de Maliki.

    Muy buena entrevista, Marcela una gran y completa artista 🙂

    • Es impresionante el nivel de identificación y el lazo de confianza que se genera con un autor de cómics autobiográficos. Son las historias cotidianas las que hacen pensar que somos todos iguales. Gracias por comentar, Javier 🙂

  2. Muy buena la entrevista, me gustó sobre todo que se respete el modo de hablar de la entrevistada, ya que a través de eso uno puede cachar cómo es. ¡Terrible de chora la Marcela Trujillo! Me cayó super bien y me dieron ganas de tener alguna clase con ella. A ver si se puede.

    Otra cosa. El colmo que trate a la teoría del arte como “leer tanta huevada”… ¡El colmo!
    Hirió a mi teórico interior (jajajaja, es broma, pero me dio risa leer esa parte, porque la imaginaba indignada)

    • ¡Gracias por tu comentario, Sole! Qué bueno que se apreció esa intención: incluir los garabatos era para dar con el tono y la voz de la entrevistada. Y sípoh, ¡terrible chora la Marcela! jajaja
      Y en cuanto a la teoría… a mí igual me dio risa cuando me lo dijo jaja (aunque no le puse la palabra “risas” en mi intervención)

      • ¡De nada! También me pareció interesante el hecho de que ella esboza la diferencia entre el arte y el diseño d emanera bien sutil. Hubiera sido re choro ahondar en eso, pero se que no era el momento e igual me encantó su opinión.

        jajaja, cuando pones “risas” me traslado al periodismo de antes, no se por qué lo asocio con eso.

    • Hola Soledad, es súper agradable leer (risas) en la entrevista, en lo personal me traslada al momento y hasta se recrean las carcajadas como el recuerdo de haberlo pasado excelente en la sesión. Es bonito que se puedan leer con su propia voz, es parte de la intimidad que buscamos conseguir en Mesa Gráfica.
      ¡Saludos, gracias por leernos!

    • Opino lo mismo que tú! que chora la Maliki!!! xD y también me dolió eso de la huevada! será de puro ñoña que soy 😛
      Genial la entrevista! ojalá sigan mostrando sus trabajos y proyectos en Mesa Gráfica!

  3. Muy buena entrevista, súper entretenida. ¿saben dónde puedo conseguir un cómic de ella? La verdad es que nunca he leído un cómic chileno, pero Marcela me llamó mucho la atención y me encantaría leer su trabajo. Gracias!

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  6. Me encanto, de eso se trata ser artista sin ideas impuestas ,dejar fluir tus ideas por muy locas que parezcan plasmarlas sin esa voz diciéndote que hacer, al tener un jefe o trabajar para otros es simplemente pega .

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